jueves, 22 de junio de 2017

Un libro nuevo de Erika Martínez





Siempre es una buena noticia la aparición de un poemario de Erika Martínez. Con el primer de ellos, Color carne (2009), obtenía el Premio de Poesía Joven de Radio Nacional de España; el segundo, El falso techo (2013), gozó igualmente de muy buena acogida; hace pocos meses se publicó el tercero (en Pre-Textos como los anteriores), y se puedde afirmar que Chocar con algo consolida a la granadina como una de las mejores voces, señaladamente singular, reconocible, de la poesía española de su generación.
     Están aquí sus poemas en versículo, marca de la casa, pero también los construidos en verso digamos que ortodoxo. En unos y otros destaca Martínez como una finísima observadora. Siendo excelente todo el libro, tres poemas destacan, en mi opinión, como extraordinarios: "El guardapelo de las poetisas", "Choque de viseras" y "Talleres"; el primero, un agudo ejercicio de reivindicación de las poetas para quitarles tanto la carga falsamente idealizada entre suspiros y ayes como la cosificación de otras épocas; el tercero, sobre la creación que ella misma practica, una lección que encierra un oxímoron tan potente como este: "La poesía  es una discapacidad omnipotente de la palabra". En cuanto al segundo de ellos, se trata de un emocionante poema de amor con un punto ridículo (todas las cartas de amor son ridículas, pero más ridículos son quienes no han escrito nunca cartas de amor, aseveró Pessoa). Su tercera y última estrofa:

Las viseras chocaban cada vez
que intentábamos besarnos,
pero aprendimos
como dos rinocerontes,
y eran nuestros besos imposibles,
y muy viejos, y afilados.


(Chocar con algo se presenta esta noche a las nueve en la librería sevillana La Fuga)

miércoles, 21 de junio de 2017

lunes, 19 de junio de 2017

REGAR



Regar
en medio de un calor insoportable.
El agua se evapora.

No todo es el instante.
ya estás formando
las nubes de mañana.

viernes, 16 de junio de 2017

Molly Bloom en irlandés



El final de Ulises, de James Joyce, en irlandés (con el inglés abajo para comparar). Traducción de Breasal Uilsean y Séamas Ó hlnnéirghe tomada de la revista Nós:

…sea agus na sráideanna aite uilig agus na tithe bándearga gorma buí agus na hinscighmí róis agus na fóirdris agus na crobhanna dearga agus na cactais agus Giobráltar le linn mo ghirseoige mar a raibh mé i mo bhláth an tsléibhe sea nuair a chuir mé an rós i mo chiabh mar a ndéanadh na cailíní Andalúsaíacha nó an gcaithfidh mé dearg sea agus an chaoi ar phóg sé mé faoin mhúr Múrach agus smaoin mé d’aile nach cuma seisean ná duine eile agus ansin d’iarr mé air le mo shúile chun iarrata athuair agus sea agus d’iarr sé orm ansin go n-abróinn sea le sea a rá mo bhláth an tsléibhe thug mé i mo bhaclainn ar dtús é sea agus tharraing síos chugam é go raibh sé in ann mo chíocha a aireachtáil faoin bholtnas go léir sea agus bhí a chroí ag rith ar séarsa agus sea dúirt mé sea déanfaidh mé sea.


…yes and all the queer little streets and the pink and blue and yellow houses and the rosegardens and the jessamine and geraniums and cactuses and Gibraltar as a girl where I was a Flower of the mountain yes when I put the rose in my hair like the Andalusian girls used or shall I wear a red yes and how he kissed me under the Moorish wall and I thought well as well him as another and then I asked him with my eyes to ask again yes and then he asked me would I yes to say yes my mountain flower and first I put my arms around him yes and drew him down to me so he could feel my breasts all perfume yes and his heart was going like mad and yes I said yes I will Yes.

jueves, 15 de junio de 2017

Otra definición de la poesía





Poco después de entregar su producción poetica de muchos años en un grueso volumen, Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), el leonés de Riello Luis Miguel Rabanal publica ahora Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro). Me ha recordado a Rafael Adolfo Téllez y sus Los cantos de Joseph Uber (2011)donde el andaluz creaba también un heterónimo que se desenvolvía en el mundo rural tan bien conocido por el autor. Una selección de los poemas de Téllez, incluidos los cantos, ha visto la luz hace pocos meses en la antología La soledad del aguacero (Renacimiento, como la poesía reunida de Rabanal) con prólogo -volvemos al simétrico reparto geográfico- de Andrés Trapiello y epílogo de José Julio Cabanillas.
     Rabanal, que ya había usado a Cluck hacía tiempo, lo recupera en este valioso libro mediante composiciones en verso que no adormece en el previsible ritmo y poemas en prosa que tienen no poco de narrativo, de episodios de una historia. Hay en él una labor de recuperación del lenguaje, también con el uso de palabras aldeanas -cilleros, tenadas, piérgulas, trébede, ganzas, aguzos- que no rescata la arqueología sino que se basta para ello el trapo limpio de la lengua, un tejido, un hilado que crea -y aquí viene esa posible definición, tan sugestiva- la poesía, "araña de efusión esplendorosa".

miércoles, 14 de junio de 2017

Luis Cernuda tomó su fusil





Luis Cernuda tomó su fusil







Había quedado con Francisco Barrionuevo en una vieja taberna de Sevilla. Lo hacemos de vez en cuando para hablar de poesía y ponernos al corriente de nuestras vidas. Barrionuevo es poeta de una excelente obra, casi toda inédita. Como Joan Margarit, es también arquitecto. Precisamente de un colega difunto venía a hablarme ese mediodía, de alguien a quien trató profesionalmente y con quien conversó prácticamente hasta su muerte, hace tres lustros. Antonio Delgado Roig (que llegó a ser casi centenario, pues cumplió los 99 años de edad) fue, además de autor de otros proyectos, el arquitecto de la basílica del Gran Poder y, en la aldea almonteña, del santuario del Rocío. Gran cofrade, era el hermano número uno de la Hermandad del Silencio, de la cual llegó a ser hermano mayor (como luego lo ha sido su hijo). Hombre culto, inquieto, de gran vitalidad, se le podía ver pasear su elegante figura, siempre caballeroso y bien vestido incluso en el verano tórrido hispalense, hasta poco antes de su fallecimiento. Lo que vino a decirme Paco Barrionuevo fue que, amigo del hijo de Delgado Roig, este le había estado hablando del servicio militar del padre, y que entre los papeles perfectamente clasificados, en su excelente archivo, había dado con unas fotografías de gran interés, no solo sentimental.
            En efecto, lo eran. Barrionuevo me espetó entre sorbo y sorbo de oloroso: ¿Tú has visto alguna vez a Cernuda con un fusil? Hice memoria rápidamente. Repasé mentalmente el magnífico Álbum editado por James Valender para la Residencia de Estudiantes, invoqué la amplia iconografía que he manejado de Cernuda durante los años de preparación de su biografía y aún después (esos retratos extraordinarios del fotógrafo mexicano Tomás Montero Torres, ya maduro el poeta), pero no había en los negativos de mi memoria ninguna imagen bélica de Cernuda, aparte de una fotografía de grupo en la que el poeta estaba de uniforme con compañeros de armas cumpliendo el servicio militar en Sevilla y, luego, en el patio de una casa de Madrid, dos –creo que eran dos– de Cernuda embutido en un impoluto mono blanco, que sin duda –era la época de llevarlo– lució a comienzos de la Guerra Civil. Estábamos a dos manzanas de la casa en que vivió Ángel María Yanguas Cernuda, el único sobrino del autor de La realidad y el deseo. Me pregunté si entre los documentos que todavía conserva la familia habría alguna otra foto aún ignorada. Negué: no, no se conoce ninguna de Cernuda portando armas. Paco desenfundó entonces su teléfono móvil y apuntó hacia mí: Mira, me dijo, como si fuera yo el que tenía que buscar un blanco. Era una vieja fotografía en blanco y negro, brillante en el cristal del iPhone, sorprendente por su nitidez, sin duda realizada por un fotógrafo profesional. Entre la veintena de mozos, distinguí el rostro familiar. Luis Cernuda, aún sin bigote, con el pelo negro y peinado hacia atrás, en un cuartel. Con un arma de fuego, como los compañeros de ese instante congelado. Y otra tomada con el grupo el mismo día poco antes (creo que Paco invirtió el orden para mostrarme primero la más sorprendente).


La historia del servicio de armas de Luis Cernuda durante la Guerra Civil es bien breve. Cernuda formó parte de la comisión de cultura del batallón Alpino Juventud, con el que marcharía al frente en derredor de la Ciudad Universitaria. Luego, por edad, por falta de inclinación militar, por sus cualidades como escritor, pasó a actividades de propaganda en la sede de la Alianza de Escritores Antifascistas en Madrid y en torno a la revista Hora de España en Valencia. Al estallar la contienda participó en transmisiones de radio junto con Arturo Serrano Plaja y Emilio Prados para el programa Madrid en armas, dirigido por el primero.
Pero antes, más de diez años antes, antes de la llegada de la República, el poeta sevillano tuvo que cumplir con el deber militar al ser llamado a filas su reemplazo. Aunque él realizó el servicio escalonadamente, como se permitía a los estudiantes universitarios, lo que él era a la sazón, le llegó como a todos la hora de comparecer en la Caja de Reclutas.
Las fotos no están fechadas, pero cabe datarlas hacia 1922 o principios de 1923. Según Joaquín Delgado-Roig fueron tomadas en el Cuartel del Carmen, en la calle Baños, anteriormente convento y en la actualidad Conservatorio Superior de Música “donde estaba parte de la guarnición del Tercer Regimiento de Artillería Ligera, conocido vulgarmente como “El Ligero”, donde el director de la banda montada de timbales y clarines era dirigida por el famosísimo Brigada Rafael”. Aparecen en ellas, además de Cernuda, y Antonio Delgado Roig, el librero Tomás Sanz, cuyo establecimiento de la calle Sierpes frecuentó Cernuda y que se anunciaba en la revista del 27 sevillano: Mediodía. Según recuerda a Barrionuevo también el hijo de Delgado Roig, “el Coronel que mandó por esa época el Regimiento era don Luis Rodríguez-Caso, uno de los fundadores del Betis y sobre todo el primer sevillano que promovió la Exposición Iberoamericana de 1929”.
Cernuda había sido hijo de militar (su padre fue coronel de Ingenieros, ascendido a general al pasar a la reserva) y había vivido durante su adolescencia en los pabellones del cuartel de la avenida de la Borbolla. Comenzó la carrera de Derecho en 1919, realizando un primer curso común a Filosofía y Letras, en el que fue profesor suyo Pedro Salinas, que acababa de obtener la cátedra de Literatura Española. Según el propio Cernuda, realizó el servicio militar en 1923-24, pero estuvo cumpliéndolo a trechos hasta después de acabados los estudios universitarios. Fue soldado de cuota, lo que evitó que tuviera que ir a la guerra de África, donde tantos españoles se dejaron la vida. El Tercer Regimiento de Artillería Ligera tenía su acuartelamiento principal en la Fábrica de Tabacos. A Cernuda no le gustaba nada montar caballerías (tuvo que aprenderlo, pues eran parte fundamental para el transporte de piezas artilleras), pero hubo de resignarse. Algo mayores que él, y por lo tanto de otra quinta, compañeros suyos de regimiento fueron Alejandro Collantes de Terán, poeta de Mediodía, y el novelista Manuel Halcón, amigo, primo y biógrafo de Fernando Villalón (con quien Cernuda amistó al final de su período sevillano).
En “Historial de un libro” Cernuda contó ese momento decisivo en el que, más allá de los primeros ejercicios escolares, sintió el llamado de la poesía: “Hacía entonces el servicio militar y todas las tardes salía a caballo con los otros reclutas, como parte de la instrucción, por los alrededores de Sevilla; una de aquellas tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si las viera por vez primera, como si por vez primera entrara yo en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba la urgencia expresiva, la urgencia de decir dicha experiencia”. El texto “Sombras” de Ocnos refleja una estampa de su servicio militar, entre bestias y forraje. Luego pasó a la oficina del Regimiento, como años después a labores de retaguardia, y finalizó con sus obligaciones militares el 1 de noviembre de 1926.
La primera foto muestra a los mozos, aún plenamente civiles, con un sargento, bien visibles sus galones, con los brazos cruzados. Están en cuatro filas (Cernuda es el cuarto de la tercera fila por la izquierda, a su derecha se ve a Tomás Sanz y el segundo de la fila es Delgado Roig). Pertenece a la minoría que lleva pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, y es uno de los dos que lleva la aristocrática pajarita. Presentarse con pajarita a la Caja de Reclutas parece un gesto de distinción si no de altanería. Otro rasgo que se aprecia es que sin ser el más bajo de la fila, su estatura es inferior a la media. Es uno de los más repeinados, y aunque no se distingue brillantina, ese cabello sin raya y tan prensado sugiere algo de gomina o fijador. Entre los jóvenes los hay que intentan sonreír. No es el caso de Cernuda, que si mira a la cámara lo hace de manera abstraída, con cierta ausente melancolía, con seriedad.


En la siguiente imagen, las armas apoyadas en la pared, y otras que habría junto a ellas, han pasado a manos de los mozos. Los de la primera fila están de hinojos, con una rodilla levantada y la culata reclinada en el suelo. Los de la segunda, junto al bizarro sargento con mostacho, tienen las armas al hombro. Ahora el poeta sí mira al objetivo y hasta parece sonreír con una lejana sorna de sentirse inmortalizado (aunque la foto estuviera muerta de risa en una carpeta hasta hace nada) con esa pose, aún civil pero ya con un pie, o un hombro, en la milicia. Tampoco en esta ocasión vemos el calzado de Cernuda, que en todo caso imaginamos bien lustrado y en perfecto estado de revista, acaso unos botines como los del lechuguino que está en el centro de la aguerrida vanguardia en posición casi de tiro, ar. El arma parece ser una carabina Mauser conocida como “tercerola”, que por sus dimensiones más reducidas que las del fusil del mismo fabricante se empleaba por soldados que iban a caballo. Y poco más. Rompan filas.
Recientemente el Ayuntamiento de Sevilla aprobó en pleno, y por unanimidad, a iniciativa del Grupo Socialista y gracias al empeño del delegado de Cultura, Antonio Muñoz, adquirir la casa natal de Cernuda, tan ligada a Ocnos y a la educación sentimental del poeta. Aunque Antonio Delgado Roig ya no pueda rehabilitarla y se hayan perdido los detalles y anécdotas que hubiera podido referir a un biógrafo que se hubiese puesto antes a la tarea, cuando sea casa-museo y albergue actividades literarias, sendas reproducciones de estas fotografías deberían estar expuestas en sus vitrinas o paredes, testimonios de la juventud del mayor poeta nacido en Sevilla en el siglo XX y también de sus coetáneos, conocidos algunos, la mayoría anónimos.

(Publicado en la revista Clarín, 128. Mi agradecimiento a Joaquín Delgado-Roig y a Francisco Barrionuevo)



martes, 13 de junio de 2017

Caso a las sirenas




"Mi ambición es solitaria y de orilla. Cuando cedes a la publicación de un libro, queda como un desconsuelo, como un remordimiento por haberle prestado caso a las sirenas. Si fuera santo, habría continuado el periplo, habría resistido; habría mantenido intactos la expectación y el silencio."

Leído en La vida figurada, el más reciente volumen de los diarios de José Carlos Cataño.




lunes, 12 de junio de 2017

Cómo vivir con Thoreau





No es la primera vez que Toni Montesinos se ocupa de H. D. Thoreau, pero lo que ha hecho ahora es -no se me ocurre otra palabra- un trabajo imponente. En el Triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (Ariel), ha escrito un ensayo literario, una biografía de proporciones hercúleas en la forma pero con la delicadeza de la observación cercana. Es como si hubiera contemplado, y le muestra al lector, aquel astro con un microscopio de precisión, lo más menudo del autor de Walden con un potente telescopio.
     No es nada frecuente encontrar una obra de estas características, donde la documentación y el conocimiento no le van a la zaga a la empatía y la escritura afinada y brillante. Así dibuja en una silueta sintética a Thoreau en la presentación del volumen, toda una lección de condensación por su parte, correlato de la lección ética y plenamente vigente del norteamericano: "Él nos conmina a ser valientes, no de modo ampuloso en situaciones especialmente épicas, sino en el día a día; nos enseña a ser buenos, puramente buenos, sin hipocrecías sensibleras ni jactancias, sino con la firme intención de practicar la bondad con fines determinados, casi de forma pragmática; nos enseña a mirar con respeto la naturaleza y ser humildes ante ella, sin dejarnos cegar por los impactantes adelantos tecnológicos". 
    Se cumplen doscientos años del nacimiento de Thoreau y con tal motivo ha llegado un puñado de libros sobre él a nuestras librerías. Si tuviera que quedarme con uno, sería este.

domingo, 11 de junio de 2017

Una entrevista



Una larga entrevista que me hace Juan Luis Pavón hoy en El Correo de Andalucía. Menos de fútbol, creo que me hace hablar de todo.

sábado, 10 de junio de 2017

El trovador autodestructivo





La voz de Johnny Cash desembocaba, como la de todos, en los oídos, y se puede afirmar que fue, y es, muy del gusto de los del público, lo mismo en su país que fuera de él. Lo que no está tan claro es de qué fuentes venía, porque ese río caudaloso es difícil que ascendiera de los pulmones y más probable es que surgiera de algún órgano (y órgano es también nombre de instrumento) aún no identificado por la ciencia médica, alguna caverna oscura en cuyas reverberaciones se producía el milagro de que, oyéndolo, uno asistiera a una novela invertida de Julio Verne: viaje desde el centro de la Tierra.
Pero no se quedaba Cash en el alarde de su voz portentosa: también fue compositor de un elevado número de canciones y de poemas, que hablan de América pero con un eco –otra voz el sonido– de Judea y de la Biblia. Cash tuvo formación de pastor evangélico, especialista en el Libro de Job. Pastor descarriado que sucumbió a la adicción a las drogas, un sureño desnortado que recuerda, en su tortura autoinfligida, al protagonista de la novela Sangre sabia, de Flannery O’Connor. Son esas palabras las que recoge Eternas Palabras. Los poemas inéditos (Sexto Piso) en solvente traducción de Andrés Catalán, quien ya ha vertido a importantes poetas y pronto realizará la gesta de dar, íntegras, las producciones líricas de dos gigantes estadounidenses y tocayos: Robert Frost y Robert Lowell. Otro poeta residente en Nueva York, el norirlandés Paul Muldoon, es el encargado de introducir a Cash en Eternas palabras. Y ahí se pregunta algo que es pertinente cuando se trata de inéditos: “¿Es posible que el propio Cash eligiera no redondear, puesto que no pensaba grabarlos, algunos de estos textos? ¿Estamos haciéndole a él y a su memoria un flaco favor al bajarlos del desván para ofrecérselos al resto del mundo?”. La respuesta, más allá de lo que pueda decir Bob Dylan, sopla según el grado de veneración que cada cual sienta por Cash, pero es evidente que no son grandes poemas, aunque sí, emocionantes a menudo, importante testimonios y letras que retornan a los orígenes de la poesía como algo vinculado al canto. Sobre este asunto, el propio Cash se manifestó en “Qué hará un soñador como yo”: “Dicen que las canciones son para cantarlas sólo / Lo dicen los que nunca escuchan: sordos / Mientras suena la música.”
Por su carácter documental, cabe destacar “No hagáis una película sobre mí”, ruego que, como se sabe, no fue atendido. Allí, un verso de este hombre obsesionado por la religión: “No hay pecado más limpio que el más sucio”. Muy poco antes de morir, Cash escribió “Para siempre”, un poema en el que acierta a medias y a medias se equivoca, porque lo cierto es que su nombre sigue suscitando reconocimiento y hasta entusiasmo. Como se aprecia, el traductor ha mantenido las rimas con objeto de preservar el sabor a canción: “Me dices que moriré / Como las flores que tanto amé / Nada de mi sombra quedará / Nada de mi fama se recordará / Pero los árboles que he plantado / Aún son jóvenes / Las canciones que canto / Aún seguirán cantándose.”

El volumen incorpora algunas fotografías, reproducciones facsimilares de manuscritos y, en apéndice, los textos originales de los poemas, datados a lo largo de nada menos que seis décadas.


viernes, 9 de junio de 2017

Una antología de Ángeles Mora





Aparecía entre los poetas granadinos de la Nueva Sentimentalidad, aquel movimiento de principio de los años ochenta, más grupo de amigos bajo el faro de Juan Carlos Rodríguez que una escuela programática. Sus libros de aquella época fueron Pensando que el camino iba derecho (1982) y La canción del olvido (1985). Luego, Ángeles Mora ha publicado La guerra de los treinta años (1990, Premio Rafael Alberti), La dama errante (1990), Caligrafía de ayer (2000), Contradicciones, pájaros (2001, Premio Ciudad de Melilla), Bajo la alfombra (2008) y, por último, Ficciones para una autobiografía (2015, Premio Nacional de Poesía y Premio Nacional de la Crítica 2016 ). En la recién aparecida antología La sal sobre la nieve (Renacimiento, 2017) se añaden a los poemas seleccionados de esos libros tres nuevos, escritos este año en circunstancias dolorosas.
     Ioana Gruia le dedica un extenso y hondo prólogo en el que analiza su obra. Yo, que no pretendo hacer crítica literaria sino señalar desde la subjetividad aciertos y zonas de interés, destacaría "Compañías", que comienza siendo un poema sobre libros y termina hablando del amor; la poderosa imagen inicial de "Saborear", donde también las palabras se unen a lo amoroso ("Tu nombre se me enciende / en la boca / igual que parpadean / las estrellas"); los versos finales de uno de los inéditos, "Cactus", de los que se dice que "son capaces de herir, / como la poesía".
    A veces hay ligereza en estos versos, y a menudo una gravedad nunca impostada. Epigramáticos, qué terribles los del cierre de "Buenas noches, tristeza": "La vida siempre acaba mal, / Y bien mirado: / ¿puede terminar bien lo que termina?".