jueves, 21 de septiembre de 2017

Traducir el futuro





El festival Bookstock vuelve este próximo fin de semana a la sede del CICUS. Son muchas, variadas e interesantes las actividades. El domingo modero y participo en una mesa redonda sobre la traducción literaria. Toda la programación, aquí.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

martes, 19 de septiembre de 2017

Torremolinos de pueblo a mito





Se presenta hoy en Torremolinos el libro que coordinado por Alfredo Taján y editado por Litoral recoge varias décadas del magnetismo que ha ejercido la localidad malagueña. Yo he colaborado con un artículo en que recuerdo la visita de Cernuda al Castillo del Inglés.

lunes, 18 de septiembre de 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Diccionario para mitómanos



Así titula Luis Alemany la entrevista que me hizo y publicó ayer en El Mundo con motivo de la aparición de En busca de la Isla Esmeralda. Diccionario sentimental de la cultura irlandesa.



sábado, 16 de septiembre de 2017

Don Juan cabalga de nuevo





Rafael Marín agavilla en su persona diferentes saberes y quehaceres: profesor, traductor, experto en historietas y guionista de cómics, novelista... Había ido dejando durante meses y meses pistas de que estaba embarcado en una larga y ambiciosa obra, que por fin ha visto la luz hace algunas semanas. Cinco años ha estado dedicado a ella. Y no es en verdad moco de pavo lo que ha hecho con Don Juan (Dolmen Editorial), un volumen que frisa el millar de páginas. Le ha dado la palabra al Burlador de Sevilla, al protagonista de tantos relatos, poemas y hasta óperas. En este largo duelo singular ha salido airoso, lo mismo en la inventiva de la narración que en la recreación lingüística, que tiene sabor pero no suena a arcaíca, ejecutada con un envidiable pulso.
     Comienza la narración donde estas suelen: por el principio. Y se derrama sobre las páginas la Sevilla de principios del siglo XVI. Siguen Toledo, Roma, Viena, Cádiz, Londres, Venecia... Y enrola a secundarios que ya los quisieran para sí muchos libros como protagonistas: "-Ah, Don Juan -me decía Garcilaso mientras compartíamos una botella del clarete italiano y disfrutábamos del momento sin preocuparnos por el ayer ni interrogarnos por el futuro-, cuánto me habría gustado estar allí presente en el asedio de Viena." Pero también figuran aquí Catalina de Aragón, Enrique VIII, Tomás Moro, Ignacio de Loyola, y algunos personajes inventados como el magnífico Capitán Centellas. La acción no impide, porque la memoria y las memorias invitan a ello, la sentenciosidad y los acentos graves, particularmente notables cuando el libro va tocando a su fin. Ameno y vrosímil, un libro, pues, de los que se escriben pocos o muy pocos. Es decir, de los que hay que recomendar mucho.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una voz entre el ruido





Ni siquiera figura el nombre del autor en la cubierta. Solo por la contracubierta y el lomo sabemos que se trata de Marcos Matacana Martín. Dejaré a un lado el asunto de la identidad del autor para centrarme en la voz de estos poemas, en el protagonista poemático de una de las colecciones más coherentes y desoladoras de las publicadas en lo que va de año, si no más, y que desde luego es muy superior a la mayoría de títulos que se han aúpado desde hace varias temporadas a las listas de más vendidos en poesía que publican los suplementos. 
     Con poemas en general de mediana extensión o incluso relativamente largos (varios superan los cien versos), sin signos de puntuación pero con solvente y hasta brillante prosodia de silva, de gran musicalidad, las páginas de este libro que rondará las doscientas páginas sin numerar, Polvo en el aire, dibujan un protagonista reiterativo, obsesionado, que siempre está escribiendo de unas pocas cosas: las relaciones fracasadas, las pensiones y hoteluchos, la bebida, las prostitutas, el tabaco, un nihilismo radical adornado de vómitos y fetideces. Pero es esta una obra de alguien que conoce la tradición (no solo Bukowski, no solo Carver, sino también Bécquer o Cirlot) y se convierte, beat español que no tiene nada que envidiar a muchos de los norteamericanos, en un aullido de dolor difícilmente aplacable que discurre entre Eros y Tánatos.
     Hay mucho lenguaje coloquial, pero también referencias cultas; numerosos momentos desagradables y otros de una vulnerabilidad y fragilidad máxima. Matacana es una mezcla de Wolfe, Iribarren, Ginsberg y muchos más, pero como también Ballerina Vargas Tinajero, la poeta que recientemente se ha dado a conocer y con quien tiene tanto en común, Matacana es él mismo sobre cualquier cosa, porque una fórmula no es solo los elementos que intervienen en ella, sino un ars combinatoria que tiene mucho de alquimia.
     Hay numerosas composiciones en las que impera lo sórdido y que acaso echen para atrás a lectores pudibundos. Esta elegía, sin embargo, es demoledora. La traigo aquí como invitación a la lectura de un libro casi secreto, demasiado secreto:

HERENCIA

                                                        y sin calor las manos regresan del poema
                                                         José Julio Cabanillas


en África mi abuelo fue
o eso decía siempre
el soldado de su batallón
con mejor puntería

con los años sin embargo
se fue quedando ciego y lo recuerdo
inclinado sobre la mesa
rozando con las gafas la rugosa
superficie del papel
de un libro abierto

en las últimas visitas que le hice
cuando todo en esa casa era penumbra
me pedía que le leyese él no podía
aquellos viejos libros de poemas
Rafael Laffón Foxá
Murube o Bécquer
velados de amarillo y manchas negras

para qué otra vez si ya
te los sabes de memoria
y él mirando
Dios sabe viendo qué
me sonreía

en la mili yo también
presumía de puntería y un brigada
de esos gordos con bastante mala leche
me gritaba joder macho deberías
dedicarte a esto y dejar ya
tanta mariconada
eso fue lo que me dijo
exactamente

                     y esta tarde
al guardar las gafas en su estuche
negro que parece un cargador
he visto los dedos
las mismas manos
borrosas y desenfocadas
de mi abuelo

y he cerrado los ojos
y he acariciado el lomo de los libros
soldados alineados ensayando ya
la despedida

jueves, 14 de septiembre de 2017

Homenaje al Mérito Editorial





La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante de lengua española, anunció ayer que este año Juan Casamayor recibirá el Homenaje al Mérito Editorial. Es una excelente noticia por cuanto que se reconoce a un magnífico profesional que lleva años luchando por la dignidad de un género, el cuento, desde Páginas de Espuma, también abierta al ensayo y a los clásicos. Juan y todo su equipo están de fiesta, pero lo deben estar también todos los lectores. En este enlace, una sabrosa entrevista con él que con tal motivo publica hoy Charo Ramos en Diario de Sevilla.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sólo hechos




Fue en 1990, hace veintisiete años, cuando leí un libro que aparecía recomendado, aquí y allá, por y para el discreto. Me llamó la atención y lo compré. Se llamaba El gato encerrado y su autor era Andrés Trapiello. Lo tomo ahora de la estantería y leo sus paratextos (perdón por el palabro), que incluyen con muy leves modificaciones el párrafo que desde hace tiempo se hace estampar en las sobrecubiertas de los volúmenes que han ido conformando un ciclo sin parangón en la literatura española: "En las viejas casas había siempre un Salón Chino, un Salón Pompeyano, un Salón de Baile, otro de retratos, cada uno empapelado o pintado de un color, con unos muebles apropiados y decoración idónea... En estos viejos palacios españoles había también un Salón que se llamaba el de los Pasos Perdidos. La casa que no lo tenía no era una buena casa. Era el salón donde nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a algunos de los otros. A mí me gustaría que este libro se llamase Salón de los Pasos Perdidos. Un libro en el que sería absurdo quedarse, pero sin el cual no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo."
     Absurdo o no, un buen número de lectores nos quedamos en el Salón, y hasta la fecha, en libros que van apareciendo varios años después de lo sucedido y sin ánimo de exactitud documental, no en vano Trapiello también gusta de llamarlos una novela en marcha. El más reciente, Sólo hechos, discurre por los caminos conocidos, que son siempre nuevos al mismo tiempo. Aquí, por lo que respecta a la literatura, que acaso sea el tema menos importante de los diarios, desfilan un declinante Julio Aumente o un nonagenario José Antonio Muñoz Rojas, entre otros, incluidos sus editores valencianos en su retiro vacacional de la costa almeriense. Pero hay sobre todo vida, la menuda vida diaria en Madrid o en el retiro extremeño de Las Viñas, los conocidos risibles y los familiares queridos, el destello de un aforismo y unas descripciones portentosas, más el humor, más la agudeza, más una capacidad verbal inusitada, más una lengua afilada que a veces parece cruel pero a la que atemperan tantas ocasiones en las que se manifiestan la piedad y un fondo humanísimo, que sabe sufrir con los indefensos.  
     De Trapiello se dicen muchas cosas. Lo importante, sin embargo, es lo que él escribe. Si se empieza uno de los tomos de este diario o Salón, difícil es que no se avance por lo menos cien páginas por jornada. No hay muchos autores de los que uno haya leído veinte o más libros, y esto sin contar con los de los otros géneros: la poesía, las colecciones de artículos, el ensayo, la novela... La siguiente entrega será Mundo es, con las entradas correspondientes a 2007. No sé en qué mes aparecerá, pero ya la aguardo como agua de mayo.

martes, 12 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (III)






Vienen al blog hoy tres novedades de poesía. De Luis Bagué Quílez, Clima mediterráneo (Visor), ganador del XXX Premio Tiflos, donde hay emigración, lecturas de lienzos o de pinturas rupestres, apariciones de Cervantes, haikus que trepidan con un tren de alta velocidad, inteligencia y tino al expresarla con una capacidad que no siempre está al alcande de todos: la de incomodar. También leí a principios de verano Testigos de la utopía (Pre-Textos), de Julio César Galán. Hay aquí en este libro singular, con tachones, composiciones hermanas del caligrama y notas a pie de página o al margen, también una presencia mediterránea, y la queja de los que tienen que abandonar su tierra. Tampoco es libro cómodo, ni siquiera en su presentación; lo cual, guste o no, no es demérito sino virtud. De Sonia Aldama, finalmente, he leído La piel melaza (Torremozas): amor y desamor, la presencia de la hija, un esbozado viaje a Dublín, flores que envejecen y el tono melancólico de la saudade: "Eres luciérnaga esquiva, / telar construido sobre éxodo de mirlos / que niegan su sed / sobre el aljibe de tu boca."

lunes, 11 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (II)





Continúo con el repaso de los últimos libros leídos. En poesía, Al umbral de las horas, de Mario Vega en Valparaíso, que no es en realidad novedad, pues salió el año pasado por estas fechas, pero se trata de un muy buen debut del poeta asturiano, que hasta ahora solo había publicado en revistas; también el primer libro de la cordobesa de Pozoblanco Ana Castro, El cuaderno del dolor (Renacimiento), que hace justicia a su título, sin sentido figurado, pues nace de un crónico dolor físico muy bien transfigurado en versos emocionantes, que extienden también sus alfileres sobre otros ámbitos; Juegos de misantropía, del poeta de Sanlúcar de Barrameda Juan José Vélez Otero (Anantes), libro, también duro, que canta la soledad y la derrota ("Bésame la boca / y ahuyenta mi tristeza de lata en la basura"); por último, dos obras del panameño Javier Alvarado, Carta natal al país de los locos y Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín, ganadores de sendos premios que confirman al autor, quien hace poco ha estado en España, como una voz ya imprescindible de la actual poesía hispanoamericana. En el terreno de la novela, y en estas fechas en que la estación toca a su fin, Hasta que sea verano, de Ignacio Barral (Anantes), retrato coral de un grupo de amigos con playas y pasiones juveniles, con transformaciones como las que refiere uno de los persoanjes: "El tiempo nos cambia y nos vuelve a todos desconocidos y extraños."

domingo, 10 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (I)



Jorge Ibargüengoitia


Le gustaría a uno dejar aquí constancia de todas sus lecturas, las completas y los picoteos. No siempre es posible. De las de estas semanas pasadas no querría dejar de mencionar algunas: en poesía, QWERTY (Isla de Siltolá), de Itziar Mínguez Arnáiz, con su inteligente y fresca disección de la escritura, aquí a partir del teclado de una máquina de escribir u ordenador, pero también de la creación poética; a caballo (o elefante, o camello) entre la poesía y el diario, La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004 de Jesús Aguado en la desaparecida DVD (el libro es de 2010), testimonio de muchos años de frecuentación de la India que solo había leído en parte al aparecer una primera entrega y ahor, claro está, me ha deslumbrado íntegro; también de tema indio, el largo ensayo de Roberto Calasso El ardor (Anagrama) sobre el mundo védico y sus sacrificios; en narrativa, el estreno de Sofía González Gómez con su colección de amores, encuentros e incomunicaciones que es Una playa de septiembre; en un formato que me resulta delicioso cuando el talento del autor acompaña, como es el caso, la recopilación de artículos, Misterios de la vida diaria (Booket) del tan a menudo desopilante Jorge Ibargüengoitia, que me recuerda cada vez más a Flann O'Brien cuando escribía para el Irish Times con el seudónimo de Myles na Gopaleen atizando a la idiosincrasia nacional.

(Continuará)

sábado, 9 de septiembre de 2017

Tiembla



El reciente seísmo que ha asolado el sur de México me ha hecho recordar este poema que escribí hace unos años cuando partía del aeropuerto Benito Juárez de la capital del país. Creo que permanecía inédito:



TERREMOTO EN EL AIRE

Has embarcado en el avión,
dispones tus cuadernos y la manta,
la almohada que emerge de su bolsa
como el sueño del día y del cansancio.

Si ahora un terremoto desgajase
esta tierra feroz que te despide,
si justo cuando el ala, y su gemela,
al alzar el vuelo acuchillaran
la engañosa paz, y la pista
trozos se hiciera como seres que aman,
¿qué quedaría de esta semana,
de las horas de plática y tequila
y acentos cantarines, como un coro
de veintidós millones de habitantes?

Trizas sin trazas, un sueño
borrado al despertar, como la tierra
que abajo queda entre sus nubes

blancas sobre otras de escombros.

viernes, 8 de septiembre de 2017

De fantasma a fantasma


Carlos Edmundo de Ory


El Ateneo Jaqués ha dedicado recientemente su revista al Postismo, en un número monográfico que ha resultado ser muy completo. Me pidieron un artículo. Es este:

DE FANTASMA A FANTASMA

Juan Eduardo Cirlot y Carlos Edmundo de Ory




La historia de las relaciones de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) con el Postismo es también la del poeta barcelonés con otros grupos y movimientos. Ilustra muy bien su radical soledad aunque también su necesidad de amistad, reconocimiento, compañía, aunque únicamente fuera para anclarse a una realidad de la que como un globo aerostático su compleja alma se alejaba de continuo para surcar, acaso sin regreso, no se sabe bien qué cielos, qué tormentas estratosféricas o abisales, tanto da. Su contacto con el grupo compuesto por Carlos Edmundo de Ory, Chicharro hijo y Silvano Sernesi tiene, así pues, su correlato con su acercamiento a Dau al Set, al grupo surrealista parisino, a la Academia del Faro de San Cristóbal… En todos esos colectivos, el singular Cirlot es como agua entre el aceite. Siempre es periférico. Está pero no está, como asumiendo la máxima hamletiana, modificada, que al final de su carrera poética se convirtió en “ser y no ser”.
            A los postistas se acercó un Cirlot joven en sus primeros vagidos literarios queriendo impresionar –tenía motivos para hacerlo–, pero él, que aunque tenía un gran sentido del humor era un ser trágico, chocó con las chanzas y un punto de menosprecio del grupo madrileño, que prefirió de él las cartas enfebrecidas a los poemas, y publicó comentarios con su firma, mas no sus versos. A aquel “Amigos: leo vuestra revista, yo, un habitante de la sombra temporal” le sucedieron comentarios que lo mismo aportaban un lema que recriminaban y condescendían: “Es bello y surrealista escupir al padre, por eso os perdono que no queráis confesaros sola y simplemente: surrealistas.”
Cirlot no se integró en el grupo, pero si se me permite la boutade fue un sol que orbitó sobre aquella luna trastocando las leyes de la astrofísica, un satélite que más aún que satélite fue planeta, y estrella solitaria cuya rareza no consintió tener sistema solar. A Chicharro le escribió más adelante para pedirle documentación de cara a la redacción de la entrada dedicada al Postismo de su Diccionario de los Ismos. Con aquella petición, declaraba: “Amo la geología del postismo y si no me siento sumido en sus ammonites aestéticas no es por falta de adhesión, o mejor, de intrusión, sino porque ciertas razones geográficas […] me obligan  a mí a comerme mis venas en soledad y en retiro hecho de trabajo y de obscuridad; sin resonancias ni compañerismo alguno.”
De las cartas del año 1945, recién regresado el futuro autor de Bronwyn a Barcelona tras el cumplimiento del segundo servicio militar, ahora en Zaragoza, lo más interesante y valioso que quedó fue su relación epistolar con Carlos Edmundo de Ory. Esta se desarrolló muy intensamente en una primera etapa que abarca desde el citado año a 1952, y una más breve y de menor afinidad a principios de los años setenta, cuando Cirlot ya había alcanzado su cenit creativo y se despeñaba, en lo humano, por la enfermedad: un cáncer de páncreas que se lo llevó a los 57 años.
            El epistolario se conserva perfectamente ordenado en la fundación gaditana que lleva el apellido de Ory (este, pese a su aspecto y formas de cierto alocamiento despreocupado, juguetón, hizo siempre gala de una gran meticulosidad incluso en épocas en las que aún no era bibliotecario, como si pusiera en práctica aquel dicho de Nietzsche de que “la madurez del hombre es haber a vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba de niño). Allí, en esas cajas, hay también recortes, números de revistas, manuscritos, borradores, postales, cuadernos dedicados, fotografías, tarjetas, libros en ejemplar único de aquellos de los que confeccionaba Cirlot como si estuviera en un scriptorium medieval de la Irlanda de la que procedía una rama de sus antepasados, los Butler… Gracias al celo de Ory (Carlos, como lo llaman los más cercanos), se han podido salvar materiales que de otra manera no habrían llegado hasta nosotros. Entre ellos, el Libro de Cartago y la Suite atonal (Cirlot destruyó todas sus partituras cuando vio que no pasaría de epígono como compositor). También, un largo poema que alcanza casi la docena de cuartillas, “Diálogo infinito”, que era desconocido hasta que lo hallé cuando preparaba la biografía de Cirlot entre aquella correspondencia y que, puesto luego a disposición de su hija Victoria, ha sido incluido en la reciente antología de la poesía cirlotiana preparada por Elena Medel El peor de los dragones.
            Cirlot hizo con sus papeles personales borrón y cuenta nueva en varias ocasiones, pero Ory fue acopiando desde el principio documento tras documento, de manera que tenemos las muchas cartas cruzadas entre los dos, que hasta la fecha solo se han publicado parcialmente. En ellas hay confidencias, peticiones de favores, tanteos poéticos, la forja de lo que llamarían sus protagonistas una “amistad celeste”. Llegaron a escribirse con tanta frecuencia, y tanta familiaridad adquirieron, que en cierto momento de silencio el barcelonés insta al gaditano, al que otras veces llama su hermano o “querido hijo” (Cirlot era siete años mayor): “¡Perro! ¿Por qué no me escribes?”
            Ory le dedicó en 1946 su “Ante un retrato tristísimo de J.E.C.” (luego, en 1963, “Inspirado en un retrato de JEC”). Acierta originalmente de pleno en el adjetivo, incluso en el superlativo que lo acrece, pues la tristeza fue elemento consustancial de Cirlot, tanto que en el genial retrato otro, el autorretrato que tituló “Momento”, en 1971, el autor de Susan Lenox escribió que casi siempre estaba triste, y aclaraba: “Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila, / y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos, / y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI, / regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca. / Pero pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en Egipto un vendedor de caballos, / ya era un hombre conocido por “el triste”.” Además, de puño y letra de Cirlot, el Libro de Cartago lleva como subtítulo entre paréntesis: “diario de una tristeza irrazonable”.
            Luego, Ory le dedicaría algunas páginas más en las que evocaba la relación que los unió y cómo esta, a la postre, se enfrió. Solo se vieron dos veces: una en Madrid, la otra en Barcelona. Su amistad fue la de dos de los más grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, que en el caso de Cirlot fue una contingencia un tanto espectral, pues su mundo verdadero era el de la civilización sumeria, el de los cartagineses derrotados por Roma, el de la épica germánica, el de las pervivencias célticas en el cristianismo, el de la herejía al bigense.
            Lo que había de bromas en aquella primera etapa (como escribir Cirlot “Genio Nacional” tras el nombre del destinatario en un sobre dirigido a Ory a su pensión madrileña, entre otras expansiones festivas, asimismo en los remites, que alegrarían la mañana la cartero que hiciera el reparto) se convertirá en un tono lúgubre cuando en 1970 Cirlot ponga al corriente a su amigo de lo que ha publicado desde “entonces”. Y un buen número de líneas más abajo: “¡Cuánto hablo! ¿A quién? De fantasma a fantasma.” Ory mostró interés en publicar las viejas cartas. Cirlot lo desaprobó, más distante y desengañado, más nihilista. Dos cartas después, también en octubre de 1970: “En lo que se refiere a nuestra amistad, advierte (cosa extraña) que está hecha de adivinación más que de nada, pues apenas nos conocemos en realidad.” Les separan varias cosas, como la inclinación al budismo que siente Ory y el desprecio por esa corriente espiritual que tiene Cirlot, que como hombre occidental se siente muy lejos de la aniquilación del deseo.
            Ory se preocupó por la magia, por las posibilidades del lenguaje, entre las que intervienen las aliteraciones, tan cirlotianas. Pero uno fue alegre, infantil, lleno de asombro por todo; y el otro triste, muy viejo de reencarnaciones en las que en realidad (doble maldición) no creía, y horrorizado por nada y por lo nunca. El centenario de Cirlot ha pasado con menos ruido del que merece; ojalá el de Ory, dentro de pocos años, sirva para un mejor conocimiento del gran raro luminoso –como Cirlot fue el gran raro oscuro– de nuestra poesía reciente.